Una mesa en la creación.
No somos autores de lo que Dios hará en este suelo. Somos mayordomos del terreno.
El plan del Cayo cabe en esa frase. Primero la portería. Luego agua, sombra y un techo — baños que se puedan dejar a la intemperie, el antiguo establo vuelto a usar, una casa chica, senderos que ya existían. No un hotel. No un salón que pretenda ser ciudad. Una mesa puesta en la creación para que el público y la Iglesia puedan venir.
Los grupos llevan el mensaje. Nosotros cargamos con el terreno.
Por eso hay dos brazos y un solo lugar: el trabajo comercial que paga la nota y la gente, y Sombra y Agua, que guarda el sentido. Por eso la entrada del día no es barata a propósito, y la membresía no convierte a nadie en socio de una empresa. Paga el mes, avisa el día anterior, se sienta. El cupo es chico a propósito.
Si el Cayo se entiende, honra a la familia que lo ha caminado y deja a un padre, a una hermana, a unos niños, un sitio donde servir sin inventar una doctrina nueva. El terreno ya estaba. Nosotros solo lo abrimos con orden.